Vivimos tiempos de grandes mutaciones y lo que ayer parecía sencillo de definir, hoy está lleno de contradicciones. Por supuesto, este artículo no pretende proclamar LA verdad, sino ofrecer mi punto de vista relativo sobre un asunto que llevo toda la vida estudiando, practicando, viviendo…
En este artículo me enfocaré, sobre todo, en el aspecto relacional dentro de las parejas, especialmente heterosexuales, por la simple razón de que es dentro de este tipo de relación que experimento “la masculinidad consciente”.
Para comentar este tema, hablaré de la realidad psicológica, socioeconómica (y cultural), energética y espiritual.
1. REALIDAD PSICOLÓGICA
Traer consciencia a nivel psicológico es, ante todo, ser capaz de conocer y comprender los mecanismos inconscientes que generan nuestras emociones y nuestros comportamientos en la intimidad.
Cuando hablamos de consciencia, esto nos lleva automáticamente a un proceso de introspección y al desarrollo de la capacidad de autoobservación. Cuando empezamos este proceso de autoconocimiento, nos damos cuenta de que albergamos miedos irracionales que están en la base y en el origen de ciertos patrones de conducta (o “patterns”).
Estos patterns son respuestas comportamentales y fisiológicas que se crearon para protegernos de un peligro que, en aquel momento, se interpretó como de vida o muerte.
La causa es sencilla: al nacer, el bebé es inmaduro y el niño se da cuenta de que es dependiente de sus cuidadores. De ahí la necesidad imperiosa de asegurarse de pertenecer al “clan” y no ser rechazado ni abandonado (para sobrevivir).
Es entonces cuando empezamos a “modelarnos” para recibir cuidados, amor y atención.
En esta “modelación” se construyen una serie de comportamientos y asociaciones de ideas que siguen vivos y activos en la inmensa mayoría de los adultos.
Y estos comportamientos están determinados, en parte, por nuestra necesidad de sobrevivir y, por otra parte, por los modelos relacionales que hemos observado por parte de quienes nos cuidaron.
En otras palabras, seguimos buscando amor como los bebés y niños que fuimos. Y, además, tendemos a copiar e integrar la “manera” de relacionarse que tenían nuestros cuidadores (padres y madres, en general).
Cuando estamos suficientemente conscientes para ver este mecanismo, de manera natural aprendemos a reconocer sus manifestaciones, que a menudo intoxican las relaciones de pareja: (lista no exhaustiva)
- Celos y miedo a la traición.
- Necesidad de controlar al/la otr@ a través de la dependencia económica, emocional o mental.
- Identificarse con el rol de víctima y estar en un “pedir” constante.
- O, al contrario, ser excesivamente complaciente para ser aceptad@ y nutrir así una rabia escondida (nunca es suficiente).
- Generar “deuda” hacia el otro (hacer mucho para esperar recibir a cambio o para ser visto como “bueno” y “generoso”).
- Hacerse imprescindible para que no me abandonen nunca (dependencia).
- Tener pánico a perder la libertad, que a menudo se expresa como una necesidad de mantener una libertad de movimiento (viajes) y sexual.
- Exigir cosas que un@ mism@ no es capaz de ofrecer.
- Miedo al compromiso e incapacidad de construir juntos.
- Al contrario, precipitarse en el construir sin que sea de manera orgánica, sino con cierta ansiedad para “atrapar” al otro.
- No querer tomar responsabilidad en el vínculo.
- Acusar al otr@ de los propios desequilibrios emocionales.
- Castigar al otr@ con el silencio.
- Utilizar a l@s hij@s para hacer daño a la otra persona.
- etc.
La mayoría de las veces, somos totalmente inconscientes de estos mecanismos, y el proceso de despertar a la propia consciencia permite, entre otras cosas, observar estos comportamientos tóxicos en un@ mism@.
Entonces, diría que ser un hombre consciente, dentro de una relación consciente, consiste ante todo en asumir que la inmensa mayoría de nuestros impulsos, emociones e ideas acerca de la relación están determinados por nuestros miedos al rechazo y al abandono, y nuestro deseo de ser amados.
2. REALIDAD SOCIOECONÓMICA Y CULTURAL
A nivel socioeconómico y cultural, la revolución feminista aportó mucha consciencia sobre la desigualdad estructural entre hombres y mujeres y, de manera general, entre lo “masculino” y lo “femenino”. Constantemente, algunas de las cualidades masculinas han sido promocionadas y favorecidas, y las femeninas, desvalorizadas y rechazadas.
Como toda revolución, encontró sus límites y empezaron a reproducirse los mismos mecanismos de poder y de opresión que se denunciaban (el wokismo, entre otras cosas). Sin embargo, podemos afirmar que, gracias a este movimiento, las mujeres —y las cualidades femeninas en general— están en camino de volver a ser consideradas como iguales a su opuesto/complementario masculino.
Aunque queda mucho trabajo por hacer y se pueden observar movimientos “masculinistas”, los derechos de las mujeres son mucho mayores hoy que hace 50 o 60 años.
A nivel cultural también, existen hoy en día muchas más personas (hombres y mujeres) capaces de asumir su parte femenina y acceder así a su sensibilidad y su mundo emocional.
Ser un hombre consciente a nivel social es comprender que vivimos en una cultura donde la injusticia y la violación son la base relacional institucionalizada. Este mensaje es la base del wokismo y, quizás, la única cosa verdaderamente interesante que este movimiento expresa.
También es admitir que vivimos en una cultura que premia el engaño, el robo, la mentira, la superficialidad, la cobardía, el abuso de poder, la violación (forzar a alguien a hacer algo que no quiere, no solo en el sentido sexual).
Para convencerse de esta realidad, solo hay que mirar a las personas que llegan al éxito y que nos gobiernan: casi tod@s tienen perfiles de sociópatas, psicópatas o narcisistas. No pasa ni un día sin un nuevo escándalo de corrupción.
Si tomamos esta realidad en cuenta, y desde una perspectiva consciente, es imprescindible observar cómo esta cultura habita también en nosotros. Como hombres conscientes, nuestro deber es observar dónde y cómo reproducimos esta manera de relacionarnos.
Aunque no sea nuestra intención, debemos aceptar que, si hemos sido impregnados por una cultura con estas características, es inevitable que estas hayan penetrado nuestra mente y nuestras costumbres.
Ser consciente y responsable socialmente es aprender a no relacionarse con el otro desde la confrontación, la injusticia, la violación, la imposición, el miedo, el engaño o la rabia.
Aportar paz, sinceridad, amor, confianza y justicia a nuestras relaciones íntimas es un deber del hombre consciente.
3. REALIDAD ENERGÉTICA
A nivel energético, el hombre consciente es capaz de ver la belleza de la fuerza masculina y no necesita rechazarla. De la misma manera, es capaz de integrar su aspecto femenino, presente en su interior.
El símbolo del Yin y del Yang nos recuerda la interpenetración de la dualidad.
Gracias a su capacidad de indagación y al trabajo personal, un hombre consciente puede abrirse a su vulnerabilidad y, al minuto siguiente, ser capaz de pelear por su supervivencia o por la justicia.
La energía masculina es capaz de levantar montañas, de enfocarse, de concentrarse, de realizar, de conquistar, de atravesar, de penetrar, de proteger, de cuidar, de mantener, de restaurar…
La energía femenina es capaz de cuidar, de sostener, de nutrir, de gestar, de crear, de sentir, de acoger, de permitir, de abrir y de integrar…
Por supuesto, cuando hablamos de energía no se trata de hombres o de mujeres, sino de una dualidad presente en cada ser.
Uno de los grandes desafíos del hombre consciente es ser capaz de realizar la alquimia emocional. Este proceso consiste en desarrollar la capacidad de identificar sus emociones, reconocer que ellas motivan movimientos (acciones, palabras, etc.), y no dejarse arrastrar por ellas.
Muchos hombres “conscientes” siguen justificando comportamientos infantiles y egoístas con conceptos energéticos y espirituales, cuando la sencilla verdad es que no son capaces de gestionar su mundo emocional o sus impulsos instintivos.
La dimensión energética del ser humano, en la encarnación, es ante todo la dimensión emocional.
Querer practicar viajes chamánicos, equilibrar sus chakras o encarnar animales tótem sin tener la habilidad de transmutar su mundo emocional es como dar un Ferrari a un niño de 15 años: no tiene sentido y es peligroso.
El mundo emocional es lo más tangible y lo más cercano de la dimensión energética.
Si queremos aprender a manejar esta dimensión, es imprescindible saber manejar nuestras emociones.
No se trata de reprimirlas ni de dejarse llevar por ellas, sino de transmutarlas con consciencia.
4. REALIDAD ESPIRITUAL
Y, para terminar, a nivel espiritual, ser un hombre consciente es comprender que has venido a experimentarte en un cuerpo masculino, pero que eso no te define en absoluto.
Sin embargo, este cuerpo te pide responsabilidad: reconocer la realidad física, cultural, social y psicológica de tu encarnación.
Comprender dónde y cómo participas en reproducir la injusticia y corregirlo (en ti, no en el otro).
Aceptar el desafío e integrar tu femenino y masculino interior.
Y ser capaz de acompañar el cambio vibracional actual, donde lo femenino y lo masculino están volviendo a unirse en sus luces y desde un equilibrio renovado.
(Después del primer periodo “matriarcal” y del actual “patriarcal”, estamos viendo cómo la energía tiende a volver a centrarse).
Y por fin, existe en tu interior una voz, una luz que te dicta en cada instante lo que es correcto, lo que es justo para ti y para las personas que te rodean.
Ser un hombre consciente es comprender que el ejercicio de tu libertad siempre va a generar dolor —en ti o en otras personas— y que eso es parte del juego.
Pero cuando pones tu libertad al servicio de tu alma, entonces el camino se vuelve justo y adecuado.
Nunca hagas un daño innecesario.
Nunca el egoísmo será la fuente de tus alegrías o de tus penas.
Y tu vida será un servicio continuo a la comunidad.
No se trata de vivir tu vida como un sacrificado ni de vivir una espiritualidad desconectada de tus necesidades y de tu realidad.
Se trata de aprender a poner la atención y la energía en los espacios y en las acciones adecuadas.
Y, con el tiempo, descubres que eso no lo decides tú, sino tu alma.
